¿Somos marionetas?

La creencia de que el ser humano carece de voluntad propia, o la interpretación del individuo como figura manipulada, es una metáfora presente en múltiples contextos, desde la filosofía, la política, la religión, hasta el arte. En teoría, sugiere que nuestras acciones y decisiones están predeterminadas, o influenciadas por fuerzas externas, ya sean hábitos, emociones, o incluso factores sociales y económicos.

Teniendo en cuenta que, las personas toman decisiones basadas en información que NO verifican, y repiten opiniones que escuchan sin fundamento, ni evidencia, difundiendo posturas carentes de sustento, y mezclando juicios personales con hechos sin verificar. Pues, aceptan contenidos distorsionados que moldean su percepción, fusionando valoraciones subjetivas con aparentes realidades objetivas. De ahí que, sus redes neuronales comiencen a reflejar un mínimo esfuerzo, siendo afectados y condicionados, no solo por factores externos, sino por razonamientos inapropiados, como son: “Yo sé que es así” “desde lo más íntimo de mi ser, lo siento así” » No hay duda, en lo que se afirma». Es por ello, que confunden la opinión con un hecho, llegando a conclusiones equivocadas. Y se dejan llevar por la emoción, sin captar la complejidad derivada de múltiples sucesos que pasan inadvertidos, justificando sus malas decisiones con criterios influenciados. De manera que, evitan preguntas o respuestas que requieran de análisis minucioso, reflejando el conformismo, la falta de iniciativa, y el rechazo hacia el aprendizaje. Todo lo anterior, conlleva a una atrofia progresiva en las capacidades críticas, que minimizan el trabajo mental necesario para examinar contextos multifacéticos. Porque nuestra mente no es un bastión infranqueable, y asimila lo que proviene de su entorno, e imita patrones establecidos. En mayor o menor medida, todos hemos sido —o somos— piezas movidas por influencias externas.

En consecuencia, la metáfora de que somos marionetas termina materializándose y transformándose en un hecho concreto. Pues, se asume que somos dueños de nuestras decisiones, pero en realidad, somos guiados por intereses externos, que intentan dominar nuestra naturaleza. Y la sensación de libertad se reduce a una ilusión. Además, la ignorancia no solo encuentra espacio, sino que desplaza al conocimiento, siendo celebrada y protegida como un derecho inalienable, y constituyendo un riesgo inminente en la capacidad de razonar por cuenta propia. Aristóteles señaló: “el ignorante afirma, mientras que el sabio duda y reflexiona”. Es decir, la ignorancia nunca resuelve un problema, solo lo multiplica.

Así, la imagen del ser humano como marioneta, funciona como una profunda metáfora, que nos invita a cuestionar y reflexionar sobre la libertad, la influencia de las fuerzas externas, y nuestra habilidad de decidir y asumir consecuencias. De modo que, está en nosotros guiarnos por la evidencia, los hechos concretos, el razonamiento lógico y la reflexión personal, sin sucumbir a la presión social, ni a la opinión ajena.

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